Título original: A dangerous method. / Países: Reino Unido, Alemania y Canadá / Año: 2011 / Duración: 99 min. / Género: Drama / Dirección: David Cronenberg / Interpretación: Keira Knightley (Sabina Spielrein), Viggo Mortensen (Sigmund Freud), Michael Fassbender (Carl Gustav Jung), Vincent Cassel (Otto Gross), Sarah Gadon (Emma Jung) / Guion: Christopher Hampton; basado en la novela “A most dangerous method” de John Kerr y la obra de teatro “The talking cure” de Christopher Hampton / Producción: Jeremy Thomas / Música: Howard Shore / Fotografía: Peter Suschitzky / Montaje: Ronald Sanders / Diseño de producción: James McAteer / Vestuario: Denise Cronenberg / Distribuidora: Universal Pictures International Spain / Estreno en España: 25 Noviembre 2011.
Sinopsis: “Un método peligroso” cuenta una historia de descubrimiento sexual e intelectual basada en acontecimientos reales a partir de la turbulenta relación entre el joven psiquiatra Carl Jung (Michael Fassbender), su mentor Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Sabina Spielrein (Keira Knightley). A este trío se añade Otto Gross (Vincent Cassel), un paciente libertino decidido a traspasar todos los límites. Esta exploración de la sensualidad, de la ambición y del engaño llega a su momento cumbre cuando Jung, Freud y Sabina se reúnen antes de separarse definitivamente y acabar cambiando la dirección del pensamiento moderno.
Crítica
Da la casualidad que están coincidiendo en cartelera estrenos de dos de los más necesarios e irremplazables cineastas contemporáneos. Dos realizadores que tanto tienen la capacidad de contagiar cada una de sus películas con su impronta particular, como de inocularlas con el atributo de ser más o menos imprescindibles dentro de la evolución cinematográfica contemporánea. Roman Polanski con la adaptación de Un dios salvaje de Yasmina Reza y David Cronenberg con la recreación vivida por el triángulo formado por el psiquiatra Carl Jung, su mentor Sigmund Freud y la díscola paciente, y en primer término, investigadora del psicoanálisis, Sabina Spielrein.
En cuanto a lo que respecta al cineasta canadiense, desde que estrenó Una historia de violencia su posicionamiento frente a la mayoría de espectadores y cinéfilos ha pasado de estar en la casilla mental de la serie B, el cine de culto, lo fantástico y lo siniestro hacia el de cineasta clásico contemporáneo, veterano y de madurez filmográfica. Sus últimos trabajos (quizás tendríamos que puntualizar más bien desde el estreno de la alucinante Spider) han trastocado esa posición que se había forjado desde finales de los 70 con Vinieron de dentro de… o Rabia; siendo el pasatiempo más recurrente cuando se realiza una crítica sobre una nueva película de Cronenberg, el hecho de buscar matices que sigan mostrando sus rasgos de identidad de siempre y que, en teoría, parece haber difuminado con su hipotética evolución de forma y fondo en sus últimos filmes.
En una más que ligera apariencia, Un método peligroso parece haber erosionado todavía más la rugosidad típica de sus historias, o haber removido esos grumos aciagos hasta cocinar sin espesuras siniestras su típica reflexión diabólica sobre nuestra psique colectiva. Pero no hay más que darse cuenta de que Cronenberg sigue utilizando con maestría el foco y el ojo para vislumbrar mismas inquietudes como artista. Hay una serie de planos que se reiteran a lo largo de la película y que muestran como maneja la puesta en escena para lograr de forma más sutil su inclinación hacia la reflexión en torno al deterioro (punto en común con Polanski) y la sempiterna descomposición de la carne, la mente, el cuerpo, o las ideas y sentencias filosóficas que intentan divagar sobre la evolución científica y el problema romántico de la exaltación del yo y la cibernética por las que siempre ha tenido predilección. Al ponernos en primer plano al protagonista analizado, estando éste de espaldas a otro personaje que le psicoanaliza, Cronenberg nos permite entrar dentro de estas dos psiques en conjunción en un habitáculo cerrado, sentimos la
perversión y el goce de adentrarnos en los huecos de lo irracional, lo primitivo: en vez de que Cronenberg nos vuelva a mostrar como traspasamos literalmente la epidermis con alguna aguja o algún artilugio en fase beta, encuentra una manera leve y vaporosa para atravesar esa carne y llegar al instinto primario del personaje de manera más perspicaz. No hay gore, pero su capacidad de cineasta como mad doctor se apodera como siempre del relato aunque de manera mucho más sofisticada y sublimada.
Parece ser que Cronenberg sabe que toda su temática entroncada en esa cibernética, exaltación del yo y el superyo tenía que cambiar en su forma de presentarla en sus películas. Igual que ha ido evolucionando nuestra sociedad hacia una convivencia entre nuevas tecnologías, nuevas redes e interrelaciones mucho más naturalizada y latente dentro de la psique individual, la colectiva y el sistema, como autor asume el hecho de que esa siniestralidad marca de la casa debía ocultarse mucho más en el relato para que todo pareciese más pegado a nuestra realidad cotidiana, universal, atemporal.
Un método peligroso se enfoca en los albores del siglo XX y adquiere de esas atmósferas de centros psiquiátricos e institutos mentales en plena cocción del psicoanálisis, adelantadas a las primeras tentativas de la lobotomía, la tonalidad formal siniestra de la película, aunque sea con hechura quizás demasiado clásicas y clicheada por momentos (esos trillados planos finales). A partir de ahí, surge el concepto claro de Cronenberg como narrador, el cual transfiere a sus personajes, al mismo tiempo que al espectador: no es más que la idea de un hombre invisible megalómano, presente en el segundo libro de La república de Platón. El hombre no es justo y decente por su moral interna, más bien es obediente con las restricciones que impone la sociedad, si se eliminaran esas restricciones la civilización desaparecería. A Cronenberg le interesa esa idea clave reflexionada en torno a la pulsión de muerte, sexo, eterna ánima femenina e inconsciente colectivo, y la historia entre Jung, Freud y Spielrein se la sirve en bandeja para seguir puliendo sus intereses y filias de manera más latente y oculta.