The Walking Dead Vs. Boardwalk Empire

La socorrida sentencia de que la ficción televisiva ha alcanzado durante la última década cotas que no está alcanzando gran parte de la producción cinematográfica ya se hace cansina. Aunque no por ello dicho comentario carezca de rigor, pruebas fehacientes y verdad. Por esto mismo, y afortunadamente, siguen apareciendo propuestas que sobrepasan las expectativas: estrenos de series que pueden dejarte boquiabierto por el nivel alcanzado en su producción.

Este nuevo curso nos ha regalado dos estrenos de excepción: Boardwalk Empire y The Walking Dead. La primera, parte con el sello de la HBO y con dos productores de excepción: Terence Winter (Los Soprano) y Martin Scorsese. Ambientada en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, en plenos años 20 y con la ley seca comenzando a caminar nos narra la historia de Nucky Thompson (jefe político del Atlantic City de aquella convulsa época e interpretado por Steve Buscemi) y la red de tejemanejes en las que está vinculado. Ex-combatientes en pleno camino a la perdición, cúpulas mafiosas de raíz irlandesa o italiana o el vulnerable papel femenino en dicha sociedad, cuya fuerza latente forcejea con la subterránea voracidad de los monstruos de la época: la corrupción y el gangsterismo. Por su parte, The Walking Dead es la nueva joya de la AMC. Una adaptación de los cómic de Robert Kirkman y Tony Moore que produce Frank Darabont (excepcional adaptador para el cine de varias obras de Stephen King: Cadena perpetua, La milla verde y La niebla) y que pone al espectador a pie de campo de un EE.UU. post-apocalíptico donde los muertos vivientes campan a sus anchas. La odisea de Rick Grimes, policía de Kentucky, en busca del hogar y familia que le ha sido arrebatado podría ser la mezcla exploitation made in George A. Romero entre La carretera y Perdidos, donde al igual que en Boardwalk Empire se nos muestra la férrea fé norteamericana sobre la mística de la violencia y la capacidad de traición sobre la identidad personal, social, política y cultural. Los zombies son la alegoría fantástica del mismo renacer de la podredumbre oculta en dicha sociedad que se trata en Boardwalk Empire. La pequeña diferencia entre ambas figuras (el monstruo y la corrupción) es que los primeros dan miedo sin preocuparse por su aspecto, sin ponerse colonia y sin dejarse abrillantar sus mocasines.

Y llegó la superproducción catódica

Hay mucho dinero puesto detrás de tales producciones, sólo hace falta visionar un solo capítulo de ambas: la llegada a caballo de Grimes por una Atlanta desoladora en The Walking Dead, o la mágica reconstrucción de los muelles de New Jersey en Boardwalk Empire. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso es que no parece sobrar nada de toda esa inversión llevada a cabo. Todo tiene una causa y un fin. Ambas series utilizan el artefacto audiovisual para centrarse en la intimidad y no en el truco facilón, ya que aunque en The Walking Dead el truco efectista gore está a la orden del día, es necesaria su presencia para alcanzar el nivel de tensión dramática y de suspense requerido. En ambas series todo se cuece a fuego lento, como en The Wire (menudo tríptico televisivo para ilustrar a un extraterrestre sobre las grandezas y miserias del ser humano se podría plasmar con Boardwalk Empire, Los Soprano y The Wire)  los personajes se presentan muy poco a poco, no hay que esperar a que llegue la épica porque lo que va a perdurar es la mísera cotidianeidad de sus protagonistas. No estamos ante un fresco coppoliano, ya no existe Shakespeare; tampoco The Walking Dead se va por la vía de lo pulp y el folletín, existe un plus de psicología interior, emocional así como un bagaje referencial a tener muy en cuenta.

Sobrias interpretaciones, sobre todo vistas en el espectacular reparto de Boardwalk Empire, por parte del citado Buscemi, un fascinante Michael Pitt, un Michael Shannon contenido y contundente (muy de peli de Michael Mann), una memorable Kelly Macdonald o un sorprendente Stephen Graham manejando a la perfección el bombón de personaje que lleva consigo: ni más ni menos que un advenedizo Al Capone. Los actores se hacen con la ficción que intenta rastrear los detalles de una realidad pasada ya mítica y, por su parte, The Walking Dead nos habla cara a cara, vía terror, los destellos de humor gore o el drama familiar de la descomposición de esa Historia contemporánea, de un hipotético futuro o más bien de una ucronía donde en vez de estar colapsados como sociedad a raíz de una crisis financiera mundial desatada a través de una burbuja inmobiliaria nos hallamos ante un virus más tangible, enfermizo y abominable.

Goce personal hallado en sumo grado a través de una ficción que fascina porque habla de la basura que escondemos o como esa basura puede llegar a vislumbrarse a plena luz del día, errante por el asfalto con ganas de devorarnos. Goce personal como espectadores al atisbar las infinitas posibilidades que la nueva ficción televisiva es capaz de manejar.

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