La contundente salida de los Arctic Monkeys al Escenario Verde en 2007 fue una trepidante muestra de visceralidad y virtuosismo con capacidad para contagiar a un recinto de conciertos hasta los topes, y desierto dónde la banda de Alex Turner no llegaba con sus píldoras directas de pop-rock adolescente. Cuatro años después vuelven a Benicàssim con dos álbumes más y con un recorrido superior en cuanto a capacidad de crecer y transformarse; aptitud compositiva fuera de toda duda: talento, inteligencia y disposición a sorprender.
El recién estrenado Suck it and see sería para Humbug (su anterior álbum) lo que su segundo trabajo, Favourite Worst Nightmare, fue para su debut, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not : el abrillantamiento de una evolución pulida dirigiéndose a la perfección. Poniendo las cartas boca arriba, reconozco tener predilección por sus discos impares, aquellos que se han sacado de la manga como primer golpe las coordenadas a seguir como banda, el sonido exacto que explota tras estar latente y que sus álbumes pares han tratado después de consolidar y perfeccionar. Sí Humbug, su anterior y tercer disco, llegó a desconcertar y hasta a infravalorarse por su sonido tan fronterizo (no solo físicamente sino abarcando varios subgéneros), calmado pero rotundo y ponderado. Suck it and see acaba de aderezar ese nuevo sonido que los Arctic renuevan cada dos álbumes y han compuesto y grabado un clásico instantáneo, pulimento de su anterior trabajo que pierde en imperfección fresca pero gana en solidez de conjunto.
Cada nueva escucha alimenta la sensación de que la mayoría de nuevos temas no sólo ponen a Alex Turner a la cabeza (quizás junto a Damon Albarn) de los músicos británicos del planeta pop-rock con más inquietudes y más en forma creativamente, sino que un inicio de álbum tan diáfano, sencillo, limpio y rotundo en cuanto a simpleza compositiva sea capaz de sacar de la historia del pop-rock clásico, armoniosas y proporcionadas canciones perfectas o casi perfectas. “She’s thunderstorms”, “Black treacle”, “Brick by brick” o “The Hellcat spangled shalalala” inician un disco que connota que mientras en su anterior álbum hablaban en lengua grindermaniana, en éste dialogan con Richard Hawley. Mientras Humbug perseguía a The Fall a caballo, Suck it and see prefiere descapotable conducido por Morrisey en solitario, en busca de las vespas de Small Faces o Ray Davies.
Los de Sheffield desarrollan todas sus aptitudes: melodías cristalinas en emociones y voces sugerentes. “All my own stunts”, “Reckless serenade”, “Piledriver waltz” o “Love is a laserquest” marcan el desarrollo equilibrado de la segunda mitad de este álbum ya clásico. Demuestra que tras la insolencia del primer álbum llegó el control de esa osadía en el siguiente; la oscuridad y el paso por lo limítrofe del tercero mutan en languidez elegante derretida en píldoras exactas de pop-rock, como la penúltima pista que da nombre al disco: “Suck it and see”. Entre “hacer la Macarena en la guarida del verano” y “cantar canciones horribles sobre el verano” los Arctic Monkeys son capaces de levantar tanta expectativa que el nuevo Escenario Maravillas del Festival Internacional de Benicàssim estuvo a punto de quedárseles pequeño.