Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008)

2Título original: Gake no ue no Ponyo / País: Japón / Año: 2008 / Género: animación, fantasía, viaje de iniciación / Duración: 100 minutos / Dirección y guión: Hayao Miyazaki / Montaje: Hayao Miyazaki y Takeshi Seyama / Fotografía: Atsushi Okui / Música: Joe Hisaishi /Productor: Toshio Suzuki / Producción: Studio Ghibli / Fecha de estreno en España: 24 de abril de 2009.

Sinopsis: En una de sus excursiones al acantilado que hay junto a su casa, Sosuke se encuentra con un pez de colores atrapado en un frasco. Tras liberarlo, decide adoptarlo como mascota y bautizarlo con el nombre de Ponyo. Sin embargo, Ponyo no es un pez cualquiera; en lo más profundo de su ser radica el deseo de convertirse en humano.

Crítica

El cine de animación vive actualmente un momento de absoluto alumbramiento narrativo, además de que oriente y occidente nos presentan multitud de posibilidades estéticas, de textura y de colores, al espectador se le oferta un rango que abarca desde lo tradicional hasta el mismísimo futuro de la animación.

Afortunadamente, el casi septuagenario Hayao Miyazaki no parece cumplir el frecuente rumor sobre su abandono del cine. Afortunadamente, su último trabajo, Ponyo en el acantilado, no tiene cariz testamentario sino todo lo contrario: rejuvenecimiento artístico, primavera autoral, pelicula contracorriente que fluye libremente bajo la misma columna vertebral de la imaginación de un niño de cinco años; inocencia y sabiduría sutil y auténtico dominio de la técnica sobre la emoción narrativa.

La historia es sencilla y el global podría equipararse a la modestia de Nicky, la aprendiz de bruja (1989) y la sensibilidad suprema de Mi vecino Totoro (1988). Un viaje de iniciación que se contagia del firme optimismo del deseo de vida de  Ponyo, un pez que desea convertirse en niña, así como del diluir transparente de los colores sobre el agua omnipresente: soltura y brillantez aferradas con firmeza a un genuino lirismo.

Miyazaki sigue siendo profundamente humanista y devuelve la emoción abandonada de los clásicos. Sería más interesante realizar un estudio comparativo entre el japonés y Chaplin, Ford, Ozu o Erice que intentar atrapar líneas paralelas entre Ponyo y Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich, 2003). El peso de la figura paterna o materna y el desequilibrio que se halla ante la no presencia habitual (física o no) de una de ambas vuelve aponyo retomarse en la última producción del Studio Ghibli. Si bien en el caso de Sosuke, un niño de cinco años que se encuentra al pez Ponyo atascado en un frasco, es la fortaleza omnipresente de la madre y la ilusión ante el regreso de un padre que siempre se halla ausente, en el caso de Ponyo, su padre o creador, un encantador de la vida marina que intenta perservar con demasiada protección un mundo que observa derrumbándose y, una madre (Diosa del Mar: Madre Naturaleza en todo caso), que incide en la posibilidad de compaginar  la candidez del milagro del medio ambiente (Ponyo) con  la predisposición a educar, cuidar y recibir con los brazos abiertos a aquello que nos da vida (Sosuke).

En lo formal, el tono acuarela da cuerpo a unos dibujos con alma transparente que como al tacto de un pescado resbalan y vuelan más alto para dejarnos ver el fondo del lienzo (la inmensidad del plano dibujado y animado). Superposicion de capas y texturas que connotan una felicidad por la aventura vivida, también inculcada por la siempre lírica y emocionante música del compositor Joe Hisaishi, el cual se atreve incluso a homanajear a Wagner y sus Valkyrias en la genial, ponyo_08potente y fascinante secuencia del Tsunami atacando por las curvas del acantilado. Aunque, respecto al trazo y el trabajo de los volúmenes, lo que provoca a los sentidos más sensibles y enternecedores es la capacidad del dibujo a la hora de limar totalmente el cuerpo, rostro, figura y movimiento de la mismísima Ponyo. Su conversión de pez a niña y de niña a pez. En ello está subyugado todo nuestro proceso vital, así como el inocente alumbramiento del arte de la animación. Un trabajo que también puede recordar a cierta velocidad de movimientos compositivos de Conan, el niño del futuro (1978) o al personaje de la  llama parlante de El Castillo Ambulante (2004).

Ponyo en el acantilado está enfocada para todo tipo de público y su sencillez es tan abrumadora que no es nada dificil que durante la proyección cada uno de los espectadores saque a relucir la luz de la inocencia infantil.

9/10

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