Título original: Panique au village / Países: Bélgica, Luxemburgo y Francia / Año: 2009 / Duración: 75 min. / Género: Animación, comedia / Dirección y guion: Stéphane Aubier y Vincent Patar / Producción: Philippe Kauffmann y Vincent Tavier / Fotografía: Jan Vendenbussche / Montaje: Anne-Laure Guégan. Distribuidora: Sherlock Films / Estreno en España: 18 Noviembre 2011.
Sinopsis: Indio y Cowboy son especialistas en provocar catástrofes. En cuanto traman algo, se lía una buena. En esta ocasión, quieren darle una sorpresa a su inseparable amigo Caballo en el día de sus cumpleaños. ¿Qué regalo pueden hacerle? ¡Le construirán una barbacoa y celebrarán una gran fiesta con el resto de vecinos de la granja! Es una idea genial, de no ser porque los traviesos Indio y Cowboy cometen una pequeña equivocación al hacer el pedido de ladrillos, lo que estropea sus planes.
Crítica
Para los amantes de la animación, los belgas Stéphane Aubier y Vincent Patar son sinónimo de actualización del dibujo animado convulso y alterado. Entre la estética cartoon (Pic Pic André Shoow) y el collage físico, tangible y poroso de animación stop-motion les llegó la presentación a gran escala con su largo de 2009 Panique au village, el cual llega a nuestras pantallas con dos años de retraso y con el no muy logrado título de Pánico en la granja.
La historia parte de una delirante corrupción de las licencias poéticas que siempre han acompañado a los cuentos infantiles y a la animación tradicional: el antropomorfismo y la perversión sobre la atribución de cualidades y características humanas a animales y objetos. A partir del hecho de admitir que un indio y un vaquero de juguete, de la vieja escuela: aquellos que se vendían en los kioskos y tenían las piernas del muñeco preservadas en una base del mismo plástico y color que el resto de la figura, personifican a dos hermanos que deben pensar en qué regalarle a su padre, un caballo (también de juguete, y de plástico), cualquier sendero por el que se deslice la trama acabará siendo más que bienvenido. A partir de aquí, la sucesión de personajes embalsamados en ese formato tangible de plástico, en el que destacan animales de granja, hace rezumar encanto y fisicidad a raudales al efecto animado. Se logra la ilusión fascinante de que el juguete interactúa con nuestra realidad y, sobretodo, se sigue a pies juntillas la regla de oro del maestro Tex Avery: quitarse de encima la idea de que la “realidad” animada deba obedecer las reglas del mundo terrenal.
La diferencia entre Toy Story y Pánico en la granja radica en que Pixar proporcionaba la vía de escape hacia la fantasía clásica y convencional de que una vez cerrada la puerta del cuarto los juguetes dejaban de disimular su inanimada vida a través de animación de última generación, y sin embargo, Aubier y Patar pasan de
explicaciones lógicas y de fantasías convencionales para partir de la originalidad alocada, la espontaneidad del brainstorming más desenfrenado y lo esculpen en la animación más tradicional posible: la stop-motion.
Pánico en la granja es cómo hacer explotar una tienda de juguetes y hacer saltar por los aires la imaginación desbordante de un impúber, contagiar la idea de oposición a la razón lógica y desatar la provocación histérica. Entre el movimiento dadaísta y surrealista, surge una ficción entusiasmada que cuida al milímetro los detalles más nimios: los cielos, las diferentes luces del día, los decorados de los submundos ilusorios, el (des) cuidar tamaños y formas lógicas… Cómo si Michel Gondry hubiese invocado el espíritu de George Méliès para rebelarse contra la realidad y así poder burlarse contra las convenciones artísticas, Pánico en la granja sumerge al espectador en un excitado viaje soñado por un Julio Verne infantil, que dentro de su histeria agitada, hace flotar el aura de, probablemente, la mejor película de animación estrenada este año en nuestro país.