Lo más invocado de la década sucedió nada más iniciarse: el 11-S hizo sucumbir los falsos pilares de la propia casa de la primera potencia mundial. Ese mismo día de ese mismo año, se publicó una obra maestra del rap firmada, como era de rigor, por un recio muchachote negro que venía de los bajos fondos de la isla de Manhattan. Poco después, Jay Z, el autor de esa pieza clave del hip-hop del inicio de esta finiquitada década, titulada The Blueprint, veía como sus trabajos no llegaban a tan altos niveles y un muchachito limpio y de clase alta venido de Chicago le producía sus propios trabajos. Sin embargo, Kanye West, ese negro de familia bien, no iba a tardar mucho en romper ese molde rapero con demasiados clichés a sus espaldas y cuya prensa especializada no hacía más que devorar para hallar las entrañas de algún otro punto fratricida a lo gangsta rap que no parecía poder volver a producirse.
A finales de este 2010, West ya es toda una realidad, a mitad década rompió con la imagen sucia del Mc, abrió la puerta del estudio a sonoridades y artistas que nada tenían que ver con el hip-hop y luchó por salir de su propia cuna y lanzarse a ser querido en el viejo continente. Cuando todo el planeta ardió al unísono de las Torres Gemelas, Kanye no era todavía nadie. Pocos años después, George Bush Jr. le confesó a Oprah Winfrey (y eso quiere decir confesárselo a todo EE.UU.) que los reproches que más había temido hacia su legislatura como presidente habían sido los del propio Kanye West. Insignia y consorte del nuevo hip-hop planetario, con fino sentido para la búsqueda de colaboraciones, aportes sonoros singulares y lúcidos venidos de otros géneros musicales, West se desquita de su infravalorado y tibiamente acogido 808s & Heartbreak para despedir esta década, construida a través de avances artísticos más chichinabescos que asombrosos, con un collage marca de la casa que suena a rap, pop, funk, electrónica marciana y rock.
My Beautiful Dark Twisted Fantasy le da sopas con honda al sobrevalorado último trabajo de Lil Wayne. El uso del auto-tune rap no da vergüenza ajena y la capacidad de sincretismo en la producción provoca que la prosodia fluya como agua cristalina. El inicio de Dark Fantasy busca la épica a través de una melodía cantada por Nicki Minaj totalmente pegadiza y memorable. A partir de ahí el oyente se deja llevar aunque no quiera; la ironía y el sentido del humor de West no pierden comba y su activismo controlado se hace palpable de nuevo. El uso del beat es tan elegante, suave y además extraño y renovado como la extrañeza a primera vista de las colaboraciones de Fergie, La Roux, Elton John, Bon Iver… Temazos como Lost In the world, Runaway, Blame Game te hacen olvidar al Kanye West más odiado, el que se mira al ombligo, o a su Twitter y nos muestra garrulamente su dentadura de oro y diamantes.
La profunda crisis del hip-hop de principios del 2000 parece ser un mal sueño. Es domingo, día de fiesta, no hay que trabajar y la pesadilla de que nos despertábamos en lunes sólo era eso, una alucinación desasosegante. Kanye West es capaz de hacer de la cultura rap de sonido/lujo una epopeya con superabundancia de contrastes con un aplomo musical fuera de toda duda. Es un maestro aventajado del resto a la hora de utilizar aquello añejo, aquello que no estaba hace unos años dentro de las coordenadas del plano del rap, pero caminaba paralelo a lo largo de las décadas y hacer que varios géneros se fusionen, sin que haya que citarlo con una nomenclatura nueva, simplemente con la suficiencia que da el paladeo sin complejos.
Kanye West fantasea de nuevo con un hip-hop revolucionario, que se abre a las puertas de todo el mundo, todo tipo de géneros y colaboraciones y que pueda atraer tanto a los puristas del género, a los que rechazan el rap como sistema o a aquellos que simplemente se mofan de su cara bonita. Kanye West hace posible con My Beautiful Dark Twisted Fantasy aquello que Marvin Gaye cantaba en Wholy Holy: ‘We can rock the world’s foundation / Yes, we can’.