La olvidada escritora Betty Smith ya lo remató en 1943: “Un árbol crece en Brooklyn. Algunos lo llaman el árbol del cielo. Caiga donde caiga su semilla, de ella surge un árbol que lucha por crecer. Crece en solares delimitados por tablas entre montones de basura abandonada. Es el único árbol que crece en el cemento. Crece exuberante… Sobrevive sin sol, sin agua, hasta sin tierra, en apariencia. Podríamos decir que es bello, si no fuera porque hay tantos de su misma especie”.
Brooklyn, aledaño de la isla de Manhattan donde reside actualmente una banda de Ohio, grandiosa, inesperada, menospreciada y olvidada hasta su cuarto disco, ‘Boxer’ (2007). Se llaman The National y han sacado en 2010 otra continuación long play deliciosa: ‘High Violet’. Les han sacado una cabeza y media a esa otra banda natural de New York City: Interpol, la que creó el neo-movimiento al que se adscriben ambas bandas, e incluso podríamos incluir a otro gran vértice, los británicos Editors. La cosa es que mientras Interpol parece agonizar en su trono con su estrenado cuarto disco (el mismo número de álbum con el que The National se hicieron más populares) la oscuridad parece asolar de nuevo el cemento, la llegada del otoño y la acotación lumínica. La banda de Paul Banks nos venden su disco homónimo como una vuelta a los orígenes y los input que ello producen serían de lo más estimulante si no fuera porque hay tantos de su misma especie.
‘Interpol’, el álbum, carece de melodías pegadizas pero retoza con espirales de lo más básico. Los diez temas parecen sobrevivir sin sol, sin agua, hasta sin tierra, en apariencia. El bajo y la batería crecen en solares delimitados por tablas entre montones de basura. Los temas suenan de lo más orgánico al mismo tiempo que viven de un pasado post-industrial: madera y acero; dicotomía esencial para un grupo que busca el calor desde la pose fría y distante. Las guitarras repiten en bucle, cómo si se tratara de hélices de sonoridad progresiva, armonías y sonidos que superpuestos dan a su origen básico y simple un carácter evocador: de tristeza, languidez y rabia latente.
El álbum gana con cada nueva escucha, es de lo más distante que ha hecho Interpol en sus primeras y expectantes escuchas y la voz de Paul Banks, cada vez más labrada en registros, parece pedir a gritos (susurrantes) una oportunidad directa para llegar a lo más íntimo de nosotros (en definitiva, los oyentes de sus intimidades encriptadas) como canta en el inicio de ‘Lights’ “All that I see / show me your ways / teach me to meet my desires…with some grace [...]”.
La voz parece ser el instrumento principal con el que se ha basado la banda para alcanzar algún rastro melódico. Mientras los primeros cuatro temas nos sugieren un trabajo concienciado de producción para lograr un in crescendo delicado en sonoridad parca y dolorosa, sin matices de hit memorable, la segunda mitad tampoco nos regala ningún rompepistas, ya que el álbum se gozará mejor en rincones más que en espacios amplios y multitudinarios. Mejor tumbado en la cama con la habitación a oscuras o en un viaje en automóvil al anochecer que en un antro caluroso. Cómo en el hit básico de The Cure ’10,15 Saturday Night’, la inquietante soledad silenciosa de un sábado por la noche esperando una llamada en la cocina parece ser la estampa perfecta que hace del nuevo disco de Interpol ese rasgo siniestro y melancólico que aterra y crea oscuridad en aquello más íntimo y cotidiano, aunque por fuera todo parezca frialdad industrial.
El vampiro del grupo, Carlos D., y su bajo, han grabado el disco, aunque después hayan abandonado la banda por desavenencias. A Paul Banks le ha venido bien su periplo en el proyecto Julian Plenty is… skyscraper, retomando Interpol con una desgana retorcida, ya que está repleta de energía y brío oculta pero latente. “Thieves and snakes need homes / need homes / Barricade” canta en ‘Barricade’, el ecuador del disco o el punto donde el crescendo termina y se mantiene en zona de lucha por crecer sin rebasar el límite de tensión. Se sienten como un muro, un parapeto frío y distante, pero al menos son capaces de desembuchar. Al menos, la vuelta a lo básico les ha servido para darse cuenta de que no son los únicos ni los más bellos del movimiento, pero si que dominan el contrapunto de la armonía consonante (aquella que nos sosiega) con la armonía disonante (la que nos hiere en su tensión).