Si uno visita Islandia, no sólo se puede sentir en el fin del mundo sino que puede llegar a comprender el porqué de esa música pop tan marciana que llega desde tales latitudes. Visitar el cráter del volcán Kerið, con forma de anfiteatro y con esa agua azul verdosa embalsada sobre la cual Björk llegó a dar un concierto, te pone en preaviso de la magnitud de las emociones que pudieron aflorar durante ese íntimo acontecimiento. Habitantes en plena fusión con la soledad de la inhóspita naturaleza virgen que les rodea. Tierra vasta de minimalistas matices: paisaje desafiante de texturas intensas. La pequeña, frágil, algente y retadora Guðmundsdóttir en plena esencia.
No hay más explicación para saber a ciencia cierta que Matthew Herbert y su afán por sacar de la naturaleza su energía musical (como productor, programador y remezclador de parte de las últimas piezas de la ex Sugarcubes) es la mano y mente más apropiada para la voluntad de experimentar con el minimalismo y la vanguardia, la electrónica y la pureza de lo orgánico de la artista musical cibernética más interesante del momento. Björk demuestra con el recientemente publicado Biophilia la admirable amalgama entre biología, electrónica y matemática. Si con su antepenúltimo disco, Medúlla, se acercó de forma cobarde a este concepto aglutinador: las máquinas simulando el comportamiento animal (humano) y pisando en territorio nuevo, lleno de puertas por las que indagar; con Volta, su penúltimo trabajo discográfico, intentó abrir horizontes y pensar en erróneamente en grande: acercamiento más comercial por un lado e intento de connotar a la naturaleza de forma más amplia por otro. Las omnipresentes secciones de instrumentos de viento-metal hicieron que las evocaciones más cercanas y vividas por el oyente fuesen las de un largo viaje por la oscuridad del mar.
Biophilia trae a una Björk más celosa y cautelosa con ese pensamiento. Intenta hallar la analogía entre todas las ciencias, al mismo tiempo que vuelve a recuperar gran parte de su desafiante fragilidad. El disco arranca con sonidos exóticos y simples de ritmo pausado que elogian al satélite natural más grande del Sistema Solar. Prosigue con disonancias de belleza vocal y sampling que retrotrae a los primeros músicos que experimentaron con el concepto de cibernética durante la segunda mitad del XX: “mi gen dominante es romántico” canta en “Thunderbolt”; y de ahí pasa a “Crystalline”, tema con alma de sencillez pop pero de final con contundente
armonía lejana, al que la típica fusión vocal e interpretativa entre lo gélido y ardiente de la islandesa y unos textos que enfrentan al agua con el borde del acantilado, a la espuma con las ramas y al divagar del cerebro por pensamientos de deseo carnal la enmarcan como la canción más climática del álbum. Varias piezas de excelsa delicadeza forman el núcleo central en bucle hipnótico: sueño, materia oscura, sombras de la naturaleza, y beats e instrumentos de percusión de láminas interrelacionándose en cada una de ellas. Sencillez abrumadora con “Virus” y su uso frágil y emotivo de la percusión en metal: danza ancestral y canto celestial evocados en sumo grado. Para el receptor, Biophilia resulta ser un viaje donde se necesita tanto el sacrificio para sumergirse en un espacio enorme y complejo, como capacidad de relajación total para descubrir los matices más simples y delicados.
iPad más gamelan, instrumentos ancestrales y exóticos y buen uso del sampling al servicio de la canción. Tradición oral y tecnología. El álbum comercializado para iPad regalará la oportunidad de bucear en cada uno de los matices de su composición y producción para manipular e interactuar con la propia canción. A parte de este matiz estimulante para la mercadotecnia, como álbum conceptual y experimental, Biophilia tiene más sentido, tacto y exquisitez que sus dos predecesores. Necesita de existencia previa de afinidad con la singular artista para que acabe haciendo vibrar y estremecer, pero tiene el suficiente talento intrínseco en casi sus diez canciones que lo forman para emocionar a los más reacios.
