Truchos, monstruos y estiramiento de brazos

Dentro de la cosmovisión del planeta advertising siempre ha existido la egolatría de mirarse al ombligo. Dentro de la jerga publicitaria, el cuño del trucho viene a formular la vanidad de aquella multinacional de comunicación, o aquella pequeña agencia de publicidad, que se luce en festivales de prestigio con piezas de anuncio (los truchos) que no saldrán nunca a los mass media porque sólo han sido producidos para ganar premios y pintar sus nombres en brillante. Las marcas se dejan querer por estas filigranas de lo audiovisual o el diseño de gráficas lo suficientemente lúcidas para causar sensación y prolongar in crescendo el portafolio de sus autores.

Desde que la publicidad viral está siendo más importante y casi se autodenomina medio convencional a pasos agigantados, el concepto de trucho se ha difuminado por los recovecos de la red, el streaming con más visitas diarias o los perfiles sospechosos de una estrategia ultraplanificada en redes sociales. Los gurús del videoclip y el spot se dejan lucir de vez en cuando por estos lares y así, la Santísima Trinidad de la pieza audiovisual: Chris Cunningam, Spike Jonze o Michel Gondry, ha visto llamar a las puertas de su cielo a decenas de creadores que pujan fuerte por arrebatarles esa pintona ubicación, ahora que es más fácil hacerse notar.

La agencia londinense con sede en Estados Unidos, The Viral Factory ha pergeñado una estimulante pieza audiovisual, que como se puede observar, juega involuntariamente (o no) a mostrar esa vanidad que muestra lo viral, pero a través de parodiar al target, o sea a todos nosotros (¡pobres ilusos, postrados de rodillas ante las necesidades artificiales que nos crea la vorágine hi-tech! Esos productos, también truchos, que engordan las arcas de las marcas), y el uso de la herramienta fotográfica como instrumento indispensable para reproducir nuestra existencia por todas las pantallas.

La nueva gimnasia, en la era Facebook, no es más que un prolongado estiramiento de brazo con la palma de la mano sujetando la cam e intentando enfocar el perfil que más pintón te saque. La evolución darwinista en plena frialdad siglo XXI. Nuestro antepasado común mutando en extremidades más largas. El ensayo-error del clic fotográfico almacenando imágenes hipotéticas de nuestro ego y lanzando hipertextos en la Red donde nos vendemos como un trucho a la espera de que alguien nos deje su comentario de conformidad. Pura ciencia casuística que tergiversa la fisicidad del interlocutor. El resultado, retazos de nuestro perfil. Somos capaces de diseñar un monstruo. De acercarnos a aquello que parece real pero se nos plasma como impostado: lo siniestro aparece desde el buen rollito.

La fórmula audiovisual de los monstruos clásicos, se la sacó de la manga Universal Studios a comienzos de la década de los treinta del pasado siglo. No eran más que transformaciones humanas de una sociedad en cuyo subsuelo convivían aquello que la Administración apartaba: el hampa, la corrupción, la perversión, la diferencia y sobretodo el miedo. El miedo a que los horrores del pasado reciente volvieran a brotar. Les Vampires de Louis Feouillade (1915), el Nosferatu de Murnau (1922) o Garras humanas (1927) y Freaks (1932) de Tod Browning, entre otras muestras, anticiparon el subgénero que regresaría en cada periodo de crisis político-social.

En nuestra actual coyuntura, la crisis emocional también aflora por los recovecos de los temas seudo serios: la política, la economía y demás lindezas. La perversión intenta ser ocultada, pero su latencia se hace notar en los mínimos detalles. Nos gusta elaborar truchos que nos alimenten de notoriedad, aunque se la coma la velocidad del metatexto. Hasta Naomi Klein promocionaria su No Logo hoy dia via Facebook. Hasta nosotros hemos esquivado la gripe intestinal, pero hemos caído rendidos ante este commercial.

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