Two Lovers (James Gray, 2008)

Título original: Two LoversPaís: USA /Año: 2008 / Duración: 110 min /Género: Drama, romance / Dirección: James Gray /Guión: James Gray y Richard Menello / Producción: Donna Gigliotti, James Gray y Anthony Katagas / Fotografía: Joaquin Baca-Asay / Montaje: John Axelrad / Diseño de producción: Happy Massee / Vestuario: Michael Clancy /Interpretación: Joaquin Phoenix (Leonard Kraditor), Gwyneth Paltrow (Michelle Rausch), Vinessa Shaw (Sandra Cohen), Isabella Rossellini (Ruth Kraditor), Elias Koteas (Ronald Blatt), John Ortiz (José Cordero), Moni Moshonov (Reuben Kraditor), Julie Budd (Carol Cohen), Bob Ari (Michael Cohen) /Estreno en España: 14 Mayo 2010.

Sinopsis: Leonard es un apuesto, aunque trastornado, joven que regresa al hogar de su infancia tras fracasar en su intento de suicidio. Mientras se recupera ante la atenta mirada de sus preocupados padres, finalmente incapaces de entenderle, se cruza con dos mujeres en rápida sucesión.

Crítica

A pesar de su corta trayectoria y el afán de la industria por hacer que sus proyectos tarden en salir a la luz de las pantallas en blanco, James Gray ya se ha hecho con una cartografía sentimental privada palpable y reconocible que despierta tantas fascinaciones como rechazos.

Cuestión de sangre (1994), La otra cara del crimen (2000) o La noche es nuestra (2007), anteceden a Two Lovers, pero ya trazan en conjunto un itinerario autoral con resonancias en el New Hollywood de los setenta, el thriller y el policiaco existencial e intimista que tienen en la familia y sus grietas, el punto de encuentro temático que hace de sus historias un paisaje emocional revisitado por un cierto baño de melancolía y angustia, el cual derrite la luz de las imágenes en un contraste entre lo cálido del interior del hogar y el azul hielo de la urbe enigmática y vampirizante.

Gray se pasa al melodrama con Two Lovers y, seguramente, firma su obra más intimista y abierta de arriba abajo a numerosas referencias de un cine pasado, que se muestra en el presente, con una validez totalmente renovada. La historia de un treinteañero que vuelve a su hogar familiar por un desencuentro con el amor, y se halla entre la depresiva vuelta a sus orígenes, y el fascinante subidón que le imprimen dos posibles conquistas femeninas divisorias de su estado sentimental, nos retrotrae al juego extramarital de Amanecer (F.W. Murnau, 1927) y su dicotomía del día y la noche, el enigma femenino tratado por Hitchcock en Vértigo (1958) y la atracción del peligro de La ventana indiscreta (1954), la languidez del enamoramiento entre Jack Lemmon y Shirley MacLein en El apartamento (Billy Wilder, 1960), o el amante con depresión suicida de Chunking Express (Wong Kar-wai, 1994).

Tanto la frialdad de la estación invernal, como el juego a dos bandas al que el protagonista se inmiscuye roza la tragedia doméstica, miserable, la que los escritores rusos manejaron magistralmente y que escritores contemporáneos como el japonés Haruki Murakami han actualizado a través de un rol masculino encerrado en una melancolía existencial que les hace dudar hasta de su impulso sexual. La gran metrópoli, ese Nueva York, que vuelve a lucir tan vampirizante y peligroso como el de finales de los setenta (aunque la historia se enmarca en 1998, las películas de Gray siempre sugieren otra época pretérita desdibujada) luce desde un prisma nuevo, el de una azotea que baña de azulado amanecer un skyline oculto, etéreo y magnético, como el personaje femenino que alimenta el deseo y la perdición del protagonista.

Seguramente, Joaquin Phoenix nunca habrá estado tan bien y, además, se recupera el talento de una Gwyneth Paltrow entre el papel de sofisticada femme fatale de Grandes esperanzas y la de mirada mapache y lánguida de Los Tenenbaums (Wes Anderson, 2002). El resto del reparto no se queda atrás, y hasta tenemos el placer de presenciar a una secundaria de lujo: Isabella Rossellini.

Los subrayados incisivos y el obvio simbolismo del desenlace no hacen más que apoyar las opiniones contrarias al cine de Gray, pero en el fondo son coherentes con el camino que recorren los protagonistas de sus historias. Parece ser que existe un imán que los lleva de vuelta a su útero familiar y los hace penitentes de un amor que debe seguir siendo motor de ese hogar, ese barrio, esa ciudad, esa luz, ese cielo… Veremos que ocurre a partir de ahora con el cine de este neoyorkino de ascendencia rusa que tiene pendiente de comenzar un megaproyecto fuera de la metrópolis, con Brad Pitt como estrella.

8/10

Sobre el autor