Pongo las cartas boca arriba. Lo reconozco para que no haya suspicacias, tengo debilidad por Hole. Desde el primer momento en que ví claro que el Live Through This era el mejor álbum de la era grunge, cuando todos caían rendidos a Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, Mudhoney, Stone Temple Pilots o Alice in Chains, a mí, el sonido que más me llenaba era el de la banda de la Love. Ese álbum de 1994, el segundo de la banda, demostró no solo que ella era la mejor Riot grrrl, sino que sus canciones junto a Eric Erlansdson, Melissa Auf der Mau o Patty Schemel erán las que brillaban más sudorosas, sucias, porosas y febriles en un pub lleno a rebosar; su autenticidad radicaba en que la voz desgañitada de Courtney y el desgarro de los instrumentos que la acompañaban podían sonar todo lo mal que quisieses en el cassette porque eso lo hacía todavía más turbio y evocador. Su angustia postadolescente y mirada asquerosa hacia el mundo le daba un quiebro a la melancolía de Kurt Cobain para dejar el grito en el cielo con fuerza residual. Un residuo que si te entra ya no te abandona. Por muchos errores que la Love tenga en su vida siempre la mantendrás en tu coranzocito. Quizás el culmen de su efímero apogeo llegó cuando una primaveral Liv Tyler se puso el walkman en la peli Belleza Robada (Bernardo Bertolucci, 1995) para evadirse de sus vacaciones tortuosas en la Toscana escuchando una y otra vez Rock star. En 1999 llegó Celebrity Skin, un álbum más pop que rock que gustó mucho en la MTV y el tiempo lo ha dejado en un puesto honrado.
Hole, al igual que los Smashing pumpkins (Billy Corgan asume el rol de guitarra en algunos temas de Nobody’s Daughter), con quien compartieron el bajo de Auf der Mau, cayeron en las redes de la imagen corporativa como banda y Courtney Love perdió el eje de inspiración. Sus continuos viajes a Japón y sus incursiones en el cine no hicieron más que demostrar que su aventura en solitario, al menos, iba a suscitar más que probables dudas. Su America’s Sweetheart no fue más que un insípido quiero y no puedo, y su espíritu ya no contagiaba de vicio ninguna pista de baile, ni los altavoces cascados del automóvil de segunda mano de algún veinteañero. Nadie, ni yo, apostaba por otro discazo de la banda angelina.
Su reciente Nobody’s Daughter no solo ha sido una excitante respuesta a ese prejuicio sino que sorprendemente ha logrado hacer verdad ese comentario de las
bandas clásicas cuando nos venden el sobado eslogan de ‘hemos vuelto al sonido que nos dio nombre’. Coherente y sonando con propiedad, son los adjetivos a los que tenemos que ceder ante esa sentencia trillada cuando escuchamos pista por pista. La Riot Girl de la Generación X ha vuelto, la princesita de California muta hacía el pasado para hacer valer su papel de bastarda novia de América. En su nuevo trabajo con Mickro Larkin en la guitarra, Shawn Dailey en el bajo y Stu Fisher en la batería se atisban rastrojos del Live Through This y de la dulzura envenenada del Celebrity Skin. Podemos confirmar que nos dejan paladear la parte que ha quedado de un todo.
Aún nos queda algún rastro remanente de esta Patti Smith de finales de siglo. En plena era digital, repleta de ceros y unos, asepsia en producción y regresos rockeros tan prefabricados que más que discos parecen proyectos sacados de alguna sala de la NASA (¿el Chinese Democracy de Guns ‘n’ Roses?), Hole nos devuelve el sentimiento orgánico, poroso, para que tengamos ganas de que vuelva lo analógico y prefiramos que el DJ pinche el vinilo en nuestro antro sudoroso favorito: sonido imperfecto que verdaderamente puede rasgar nuestras vestiduras.
Pocas veces un bonus track puede ser tan revelador en cuanto a las intenciones del resto de los temas a los que acompaña. ‘Never go hungry’ cierra entre síncopes de sonido demo (recordemos de nuevo aquel incendiario final del Live Trough This con Rock Star) todo un álbum espontáneo que comienza a saco con Nobody’s daughter: “Made something better, he kept it for himself /I’m not that stupid, I just need a lot of help / To understand how stupid you really are [...]” y que en momentos nos recuerda a otra pieza made in la sensibilidad Hole, como aquel no-single de Celebrity Skin titulado ‘Dying’, hemisferio intimista del disco, que parece tocar con la yema de los dedos en este nuevo disco de la banda a su tercer corte, ‘Honey’, de un modo más explícito y contundente: “Anguish and misery fall here like a dead star / And everything you ever said now tears me all apart / He goes down, down to his bitter end /He knows now now it’s the ghost of her [...]“, y lo termina abrazando en la sensual ‘Someone Else’s Bed’, donde Courtney Love empieza cantando como si compartiera playa y borrachera con Bob Dylan para llegar al estribillo y dar sopas con honda a Juliette Lewis y todas las aprendices desgañitadas y de sucia perversión que han querido arrebatarle su trono. Tan pronto te susurra con una garganta quebradiza: “So you’re lying in your underwear, in someone else’s bed /And the silence is so dangerous; it’s a terrible sense of dread / So I have another cigarette and I just try to forget / How did I end up all alone? / How did we all end up dead? / Oh yeah….” como te resquebraja los oidos al instante: “Sunday morning when the rain begins to fall oh /I believe I’ve seen the end of it all [...]“.
Nos canta sobre perdedores, miserias, anhelos de lograr lo inalcanzable al menos una vez en la vida y esta vez juega con la explicitud y la implicitud de manera más clara y a la vez sugerente. Y si no, comparen las portadas del Live Trough This y ésta del Nobody’s Daughter.
Ha llegado… En su cuarto álbum, ha vuelto a llegar la vencida de Hole.