Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009)

Título original: Where the wild things are / Año: 2009 / Nacionalidad: EE.UU. / Género: Drama, fantasía / Duración: 100 minutos / Director: Spike Jonze / Guión: Spike Jonze y Dave Eggers; basado en el libro de Maurice Sendak / Producción: Tom Hanks, Gary Goetzman, Maurice Sendak, John Carls y Vincent Landay / Música: Karen O y Carter Burwell / Fotografía: Lance Acord / Montaje: James Haygood y Eric Zambrunnen / Diseño de producción: K.K. Barrett / Vestuario: Casey Storm / Intérpretes: Catherine Keener, Max Records, Mark Ruffalo, Lauren Ambrose, Chris Cooper, James Gandolfini, Catherine O’Hara, Forest Whitaker.

Sinopsis: Max es un niño que tras ser enviado a su habitación por comportarse mal, imagina que navega lejos al país donde viven los monstruos. Max se encariña de las criaturas que lo proclaman su rey, aunque pronto añora regresar a casa con su familia.

Crítica

Se les llama niños llave y son hijos de padres que no tienen apenas tiempo para educarles. Por eso mismo, llevan en su bolsillo las llaves de casa porqué son los primeros en llegar al hogar. Aprenden a jugar solos, a no aburrirse hasta la hora de la cena y, en muchos casos, a proyectar su soledad hacia un estado anímico lánguido, introvertido y en el que las fábulas personales brotan en su imaginación a velocidad pasmosa.

Maurice Sendak, autor del cuento Where the wild things are, no deja claro en sus sugerentes y perturbadoras ilustraciones si Max, el niño protagonista, llega a ser un niño-llave, pero es que durante el año de su publicación (1963) la familia todavía respondía a moldes tradicionales, conservadores y católicos y la adaptación cinematográfica que Spike Jonze acaba de estrenar desarrolla aquellas elipsis y matices latentes que el cuento prefiere dejar de lado. El director de Cómo ser John Malkovich (1999) presenta a la familia de Max como monoparental y el niño se ve mantenido por su imaginación, durante las solitarias tardes a la vuelta del colegio, antes que por los cuidados de su hermana adolescente o su madre (preocupada por su estresante trabajo y por sus ligues puntuales). El conflicto deja de ser latente y sale a la superficie cuando la rabia contenida de Max desata como respuesta a su vano intento de recibir cuidados y captar la atención de los suyos.

La huida de Max hacia un refugio donde poder comprender que en su contexto familiar y social algo falla se convierte en toda una fábula personal donde prevalece el conflicto ético, político y social antes que la aventura, la acción, la épica o la fantasía.

Por mucho que el espectador potencial de Donde viven los monstruos piense que puede toparse con una renovación de títulos como Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986) o La Historia Interminable (Wolfgang Petersen, 1984), la auténtica razón de ser de esta fascinante adaptación que ha efectuado Jonze es su sincera, conmovedora y valiente decisión por abordar la cohorte de la etapa infantil próxima a la adolescencia, desde la psicología evolutiva. Al igual que está ocurriendo con los últimos trabajos de M. Night Shyamalan, el público puede tomar la película (de antemano) como un producto comercial y mayoritariamente de evasión infantil, cuando en realidad tiene tantos niveles de lectura como diferentes tipo de espectadores (en diferentes etapas vitales) puedan visionarla.

La visión anarquista y punk de muchos trabajos del director de Adaptation (2002) (producciones de Jackass, incluidas) se torna rabiosamente infantil, y su impetuosa necesidad por captar lo espontáneo, callejero y sucio del ser humano (su videoclip para Praise you de Fatboy Slim o la negra vida de John Cusack en Cómo ser…) se torna cálida, dulce y, al mismo tiempo, fría y áspera como la luz lechosa (como de agua turbia de acuario) de la fotografía del operador indie, Lance Acord: bañando la pantalla de atardeceres y amaneceres cegadores y melancólicos.

La B.S.O. de Karen O (la musa de Yeah Yeah Yeahs) y Carter Burwell se amolda a la historia y sus imágenes con la aspereza, la rabia contenida y el desgarro que late en el protagonista y la banda de monstruos como si se tratara de una pintura de Edward Munch hecha audiovisual indie. All is love o Capsize suenan a nanas traviesamente infectadas de resentimiento y enojo infantil, natural, emocionalmente auténtico, sin artificios…

La mirada de la niñez que va a pasar a un estadio juvenil hacía tiempo que no se trataba en el cine tan de frente, y despegando desde el cine de género (una fantasía que en el fondo es una crítica político-social). La fábula de Max connota un mundo donde se une a un grupo de bestias monstruosas como uno más, y como a Elliot le sucedía con E.T. , tanto el uno como los otros sentirán y sufrirán al mismo tiempo idénticas emociones, frustaciones, traiciones y entusiasmos.

Utilizando cámara en mano, el plano derretido en puro nervio y aunando la artesanía tradicional (made in Jim Henson) con la tecnología digital y la motion capture, Spike Jonze alimenta su voracidad indie, personal y sincera desde el niño revoltoso y rabioso que lleva dentro, y le sale una otoñal mirada tanto hacia lo más áspero como hacia lo más dulce de crecer durante la infancia (actualizándolo al hoy día), dejándonos un sabor tan hosco, furioso y erizado como la sensación de frialdad que evoca la visión de una habitación con la ventana abierta y la cama desecha.

9/10

Sobre el autor