AVATAR 3D (James Cameron, 2009)

Título original: Avatar / Año: 2009 / Nacionalidad: EE.UU. / Género: Ciencia-ficción / Duración: 165 minutos / Director: James Cameron / Guión: James Cameron / Música: James Horner / Fotografía: Mauro Fiore / Montaje: James Cameron, John Refoua y Stephen Rivkin / Diseño de producción: Rick Carter y Robert Stromberg / Vestuario: Mayes C. Rubeo y Deborah Lynn Scott / Producción: James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini / Intérpretes: Sam Worthington, Sigourney Weaver, Michelle Rodriguez, Giovanni Ribisi, Wes Studi, Stephen Lang / Estreno en España: 18 de diciembre. 

Sinopsis: Entramos en el nuevo mundo a través de los ojos de Jake Sully, un ex-Marine confinado en una silla de ruedas. A pesar de su cuerpo tullido, todavía es un guerrero de corazón. Jake ha sido reclutado para viajar a Pandora, donde las corporaciones están extrayendo un mineral extraño que es la clave para resolver los problemas de la crisis energética de la Tierra. Al ser tóxica la atmósfera de Pandora, ellos han creado el programa Avatar, en el cual los humanos “conductores” tienen sus conciencias unidas a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal.

Crítica

La caida es más grande cuanto más arriba te has subido, y la cima dónde se hallaban puestas las expectativas sobre Avatar, antes de su estreno mundial, estaban a la altura de una torre mitológica. La revolución ha dejado de ser un sustantivo válido para que lo complemente el término cine o narrativa audiovisual: todo lo que se anuncia como revolucionario en estos términos, primero, tiene que ver siempre con un avance tecnológico y segundo, es más una pompa de jabón marketiniana que un dato relevante en una enciclopedia seria sobre el séptimo arte.

Avatar actualiza y pule la técnica CGI, la motion capture y el 3D y por momentos nos vende algo más cercano al cine que a un videojuego de última generación, aunque no hace falta decir que, en el fondo, el negocio entre cine y videojuego se están dando la mano descaradamente. James Cameron ya parecía estar perdido poco antes de Titanic, y aunque con su última apuesta megalomaniaca haya puesto en pie a todo la industria y haya hecho saltar la banca lo que realmente ha ofrecido al espectador es un espectáculo vacío, grandilocuente pero pasmosamente vulnerable ante cualquier análisis liviano. Igual es que Cameron y su equipo no tienen la culpa de tanta expectativa falsa y lo único que pretendían es arrastrar el estímulo receptor hasta esas cotas que hace tiempo a las que no arrastra el cine comercial y, en ese caso, les ha salido, más que un revolucionario film de acción y aventuras, una genuina vuelta descarada hacia el puro cine de atracciones, a través de la misma inventiva que muchos de los magos del cine de los orígenes, con George Méliès a la cabeza.

Si, justamente, Avatar, parte de un postulado puramente emocional, arraigado al pathos, es más bien porqué se lanza hacia el territorio dónde sabe seguro que por sus características como proyecto va a arrasar. El cine o el audiovisual son, por naturaleza, medios cuyos estímulos alcanzan antes a su receptor que, por ejemplo, la lectura de un libro sobre su lector. El lector tiene que hacer un esfuerzo mayor para recibir estímulos, para construir conocimiento, sin embargo, el cine y la imagen lo tienen fácil para activar procesamientos mentales en el espectador. Ya desde un primer momento, éste se encuentra más activo y receptivo, ya que tiene que hacer menos esfuerzo para recibir. Si a parte de estos condicionantes, el proyecto se formula como una obra de ciencia-ficción espectacular y no conceptual ni transgresora, y se tiene a mano un gran arsenal de tecnología y recursos innovadores para activar el asombro general, el resultado puede ser el más grato pensado para una industria incapaz de alzar vuelo y reinventarse.

Aquel que vaya a ver Avatar con ganas de hacer ¡oooohhhh! varias veces ante la prodigiosa calidad visual de su propuesta en Digital 3D (y no digamos el que la pueda haber visto en IMAX, tal y como la pensó Cameron), busque emociones fuertes y ritmo trepidante, no va a salir defraudado. Si por el contrario, alguien piensa que el concepto argumental de Avatar descubre simbolismos o lecturas metafísicas y profundas dentro del género, no lo encontrará ni en los intentos más latentes de la película a la hora de hallar una lectura política o socio-cultural contemporánea. Es más, si hurgamos un poco hasta nos puede parecer que el producto resulta ser más conservador de lo que en un principio se nos quiere hacer ver.

Quizás el gran problema que pueda hacer que muchos espectadores no puedan disfrutar de Avatar como deberían hacerlo, no sólo lo provocará el hecho de que las dichosas gafas 3D  y los efectos que producen, provocan distracciones y te sacan de la historia en varias ocasiones, sino que no vayan con la verdadera actitud para disfrutarla: folletin anabolizado con maniqueismo, poca profundidad en las interpretaciones y en las caracterizaciones de los personajes y un desarrollo que avanza a través de piruetas de acción y profusa imaginería en los detalles de un planeta creado por y para el espectáculo.

¡Esto no es Kansas, bienvenidos a Pandora!

En el fondo, Cameron no sólo regresa a la magia del cine de atracciones, sino también al de los efectos visuales (aunque mucho más sofisticados que los de Ray Harryhausen), y al conglomerado de géneros que están apilados en torno a una estructura de ciencia-ficción, pero donde muy bien podrían atisbarse matices de western clásico e incluso de serial fantástico televisivo: no hay buffalos pero hay reservas de dragones y el color otoñal del desierto y las pieles rojas han sido transformadas en idílicos paraisos vírgenes donde el verde y el azul batallan por lograr su cromatismo más estimulante; asimismo, el malo de la función recuerda más al iracundo Kahn de Star Trek en su nave espacial comandando ataques aéreos, que a un despiadado y militarista general pattoniano.

La plasticidad de la película es apabullante, aunque justamente por eso mismo termina por ser cegadora y empalagosa. Provoca embriaguez tanto azul (Cameron multiplica por infinito su debilidad por la luz metálica y su querencia por el azul, y en Avatar termina dándole tanto significado New Age a ese estado anímico visual que Abyss (1989) se queda en pañales). Al final todo va tan deprisa que como espectador no puedes más que tragar y procesar rápidamente todos los estímulos que, por otra parte, recuerdan en su concepción como nudos argumentales a muchas otras obras (desde Murieron con las botas puestas hasta Pocahontas, pasando por Depredador, Aliens, el regreso o Bailando con lobos).

Al fin y al cabo, tanto revisionismo termina atragantando la intención revolucionadora. Tanto espectáculo visual termina por traer la no sensibilización y, al fin y al cabo, el entusiasmo por Avatar se agota enseguida (o se olvida pronto) y uno piensa que con esta producción se ha querido llegar tan lejos que producirá futura insensibilización al espectador, se canse antes de tamaña revolución tecnológica y ya no se creen expectativas tan favorables.

7/10

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