Kitty tiene 16 años, Daisy 21, Lewis 19 y a ninguno le gusta bailar techtonic. Aunque son potenciales estrellas del rock’n'roll no acumulan una estética de cultura urbana fashion y, probablemente, con su aureola de blues singers del otro lado del Mississippi resulten más cool que todo lo que sale en el NME junto. Podrían ser los sobrinos preferidos de Eli Paperboy Reed y son tan pintones que su estética vintage los hace ser el producto más fascinante del nu-blues, country-rock del siglo XXI o cualquier etiqueta periodística que se haya inventado para, irremediablemente, hablar por enésima vez de las raíces de todo el meollo de la música popular: esa música negra que ha hecho sudar a bluesmen, habitantes de Nashville o a auténticos rockabillys.
Los hermanos Durham son unos adolescentes ingleses la mar de aplicados que igual te manejan una armónica, un ukelele, una batería de pie o un contrabajo. Unos mocosos descarados, pero elegantes, que respiran cultura musical por los cuatro costados (sus padres les han educado maravillosamente) y la vacian a través de un carácter multi-instrumental que reporta energía poderosa e irresistible. Su disco homónimo se arranca con una brillante versión del Going up the country de Canned Heart y se atreven tanto con las odas a las películas hawaianas de Elvis Presley (Honolulu Rock-a Roll-a) como con la instrumentación rockabilly más virtuosa (Hillbilly Music) y al mezclar el blues con el surf les sale auténtico pop (Mohair Sam).
Son tan fascinantes como el pequeño redneck que ganaba el duelo de banjo al personaje encarnado por Ronny Cox
en Deliverance (John Boorman, 1972), pero sin resultar inquietantes: simplemente resultan ser tremendamente atractivos y adictivos. Lo único que aportan al género es frescura, pero su clon del cánon resulta ser toda una sorpresa que se recibe con los brazos abiertos. Manejan los recursos con soltura y son perfectamente adaptables a la época fast-food: lucen igual de bien bajo el luminoso de un McDonald’s que dentro de una cafeteria del profundo sur de U.S.A., son concisos y directos como una grabación instantánea en la Sun Records y guardan en secreto una profundidad digna de un viaje en barco de vapor con Huckelberry Finn.
Han pasado de clon total (su primer disco, un recopilatorio titulado The roots of rock ‘n’ roll) a una libre mímesis con este disco homónimo; habrá que esperar como avanzan y como son engullidos por la industria: ahora mismo parecen ser los orígenes musicales de unos White Stripes adolescentes que aún no han desatado su creatividad. Con un poco de suerte se mutan en veinteañeros malhablados y podemos atisbar autenticidad que no huela a pose. Ahora son rebeldes sin causa, pero la posmodernidad y el manierismo es lo que tienen.
7/10
A estos les descubrí yo porque una amiga me los recomendó.
Tardé en darme cuenta de que se trata de un disco nuevo. Por cierto, si teneis Spotify o los podeis conseguir, no dejéis de escuchar las caras b de los singles. Altamente recomendadas!