Hacía bastantes décadas que Pedro Almodóvar no se atrevía a darse el gustazo de rodar un cortometraje. Y mucho menos a autoreivindicar su fresco inicio como realizador allá por los años crepusculares de los 70 y principios de los 80. Si bien es verdad que el manchego lanza sus fauces más allá del capricho autoral, también es cierto que aunque el corto aporte su granito de arena en su último largometraje (Los abrazos rotos) aprovechando parte de los interiores y de algún que otro personaje, también vuela libre por el trazado de sus más cachondos, irreverentes y atrevidos textos fílmicos que van de la mano de Folle, folle, fólleme… Tim (1978), los ficticios y delirantes spots incluidos en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) o Laberinto de pasiones (1982) y, antetodo, el universo estilístico y visual de uno de sus importantes puntos de inflexión en su rica filmografía: Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), que en Los abrazos rotos autohomenajea a partir de un juego metatextual donde el título del film que el protagonista (Harry Caine, director de cine) ha rodado: Chicas y maletas, engloba el gazpacho de tomate, las maletas realizadas por despecho, el oficio del doblaje y las amigas neuróticas como ya ocurría en la penúltima comedia de Carmen Maura con el manchego.
Todo comienza cuando en parte del rodaje de Los abrazos rotos, Almodóvar queda prendado de las dotes para la comedia de Carmen Machi y se atreve a extraer a dicho personaje (una concejala de asuntos sociales) para darle un papel protagonista en un corto que termina siendo un monólogo disparatado y transgresor de siete minutos.
Una concejala que al pensar en voz alta no sólo se dirige a una compañera de cocina inmersa en un sueño profundo a causa de los barbitúricos (¿recuerdan a Rossy de Pama en Mujeres al borde…?) sino también a un espectador al que se le focaliza un saber imprudente e íntimo, pero totalmente incorrecto y divertido: la concejala no lleva gafas de sol en actos públicos por fotofobia, sino para poder mirar tranquilamente el paquete y los pies a los hombres (‘poder mirar donde le sale del coño‘).
Esta fetichista del dedo gordo de los pies masculinos que a los cuatro años ya tocaba los paquetes como si recogiera
fruta de un árbol, tanto se zampa flan (atención en Los abrazos… cuando la Machi come magdalenas en pleno momento de lamentos) como esnifa coca y cotillea con secretos sexuales de componentes de su partido: una ácida parodia no sólo a la derecha política de España sino al vodevil político en el que estamos inmersos (hasta los tonos rojizos tirando al naranja que predominan en la composición de cada plano podría resultar ser el guiño hacia la moda de comunicación empresarial abierta por instituciones como el PP por tener una imagen corporativa denotada por el propio significado de acercamiento del naranja) .
La concejala reconoce el deseo como motor propulsor de una sociedad mejor, el sexo como uno de los pilares básicos de la sociedad y Almodóvar deja que Carmen Machi campe a sus anchas con sus gestos, sus mohínes de reproche inminente, su trangresión de caminar por casa y que todo ello funcione tanto como comedia gamberra, lúcido análisis social y psicológico y experimento metatextual a varios niveles: como spin-off de Los abrazos rotos (en los mismos títulos de créditos finales de este corto puede leerse Dirección: Mateo Blanco / Guión: Harry Caine: dos nombres, un mismo personaje-álter ego del propio Almodóvar), como autohomenaje (Mujeres…) y, sobretodo, como regreso triunfante de Almodóvar al mundo del corto.