Título original: Gran Torino / Año: 2008 / País: EE.UU. / Género: Drama / Duración: 116 minutos / Director: Clint Eastwood / Guión: Nick Schenk basado en un argumento de David Johansson y Nick Schenk / Producción: Clint Eastwood, Robert Lorenz y Bill Gerber / Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens / Fotografía: Tom Stern / Montaje: Joel Cox y Gary D. Roach / Diseño de producción: James J. Murakami / Vestuario: Deborah Hopper / Interpretación: Clint Eastwood, Geraldine Hugues, Christopher Carley, Bee Vang, Anhey Her, Brian Howe. Fecha de estreno en España: 6 de marzo de 2009.
Sinopsis: Walt Kowalski, un trabajador del automóvil jubilado, ocupa su tiempo con reparaciones domésticas, cerveza y visitas mensuales al peluquero. Aunque el último deseo de su difunta esposa fue que se confesara, para Walt, un resentido veterano de la Guerra de Corea que mantiene su rifle M-1 limpio y listo, no hay nada que confesar. Y del único que se fía lo suficiente como para confesarse es de su perra, Daisy. Su humor huraño camabiará caundo establezca relación con un adolescente vecino suyo.
Crítica
Imagínate cómo sería la jubilación de El sargento de hierro (1986) o pregúntate cómo hubiera sido una comedia sobre el expresidente de la Asociación del Rifle (Charlton Heston) dirigida por Michael Moore y podrás tener una idea en bruto de la sombra que el paso del tiempo ejerce en el protagonista de Gran Torino. A Walt Kowalski-Clint Eastwood le siguen persiguiendo los curas, la muerte y sigue diciendo “alégrame el dia negro” pero, en esta ocasión, tiene canas e insulta a ancianas. Un antihéroe de zona residencial, como Tom Hanks en No matarás… al vecino (Joe Dante, 1989), pero observado desde el prisma nostálgico del tedio existencial en vez desde la sátira.
Walt Kowalski contempla su Ford Gran Torino desde el porche como un cobwoy en el crepúsculo de la jornada en su rancho. Un gruñón con licencia de armas, el sentimiento acorazado y la família abandonándole como a un perro: el Eastwood director vuelve a emocionar a través de los fuera de la ley, de los desterrados, de los sin família. Kowalski celebra su cumpleaños a solas, sin que nadie se acuerde de su existencia y mantiene una lánguidez a lo Molly
Ringwald en Dieciséis velas (John Hughes, 1984) pero con el llanto por dentro y hallando a su familia ausente en sus vecinos. En Million Dollar Baby (2004) se atisbó la superación de un nuevo Sr. Miyagi que lleva tanto tiempo en soledad que le cuesta ver venir al amor y al cariño, en Gran Torino el viejo maestro tarda en querer recibir la comprensión y la tolerancia, pero cuando decide abrirse al exterior, tras muchos años, lo da absolutamente todo.
La soledad del pistolero connota el reverso del hombre asustado por la partida perdida contra la muerte. Kowalski es un space cowboy al que acecha la enfermedad y que presenta tozudez ante su vejez; Eastwood moldea un género que se descompone (el propio western que ya no es ni crepuscular), que va mutando poco a poco y al que otros nuevos autores introducirán en su discurso dentro de algún relevo generacional: el legado de su propia manufactura. ¿Un modelo a seguir? Eastwood sabe que no es perfecto y su personaje quiere decir sutilmente que no es ningún último clásico, ni un ejemplo a seguir; las nuevas generaciones tienen que avanzar a su aire, no deben porqué fijarse en él: deja su testamento, pero ni mucho menos quiere una adoración. Eastwood-Kowalski saben de sus defectos pero los muestran como aciertos, como su verdadera razón de ser. No necesitan tanto que los idolatren como que les ayuden a soportar sus defectos: crítica y cuidados.
Una carrera plena de violencia, una sensibilidad repleta de atenciones
Eastwood vuelve a tratar la violencia y su antídoto: la educación, el cuidado por el débil, la responsabilidad por atender a los maltratados de la corrupción y el descuido social. La violencia vive en nuestras calles, en nuestro barrio, dentro de nuestro vecindario, igual que en la calle central de cualquier poblado del far west, y bien concentrada en cada metro cuadrado. Territorios dónde es fácil saltarse la ley, la guerra se ha convertido en un espectáculo para los medios de comunicación, crece la virtualidad y la contienda palpable está en las calles, en las bandas, en el choque de
culturas y en el desencanto por el futuro. Walt Kowalski no está acostumbrado a vivir entre diferentes razas y culturas: sólo lo ha intensificado cuando combatió en Corea, pero allí le mantenía vivo el odio y el asesinato. Ahora, sus vecinos, aquellos seres tan “diferentes” a él y a cualquier norteamericano blanco lo necesitan, aunque realmente los necesite mucho más él a ellos. Eso sí, la violencia letente en el ser humano no ha desaparecido, como en Sin Perdón (1992), lo razonable radica en no dejarse llevar por las emociones, aprender de los errores y no precipitarse. A Kowalski la vejez le ha enseñado a que ya no le hierva la sangre como cuando era joven, cuando tenía sangre en las manos. Ahora, es su cuerpo el que está derramando sangre. En este caso, el hombre sin nombre ha planeado un duelo final donde también hay engaño y trampa para los villanos, pero el castigo no vendrá por ser precipitados y disparar sobre una coraza de hierro escondida bajo un poncho (Por un puñado de dólares, Sergio Leone, 1964), sino por una cuestión humana y moral.
Clint Eastwood, un tipo de la vieja escuela y americano. ¿Qué se supone que significa eso? Nadie sabe contestarlo. Donde esté la brisa primaveral en una atardecer en el porche que se quite cualquier duelo al amanecer. El aventurero de medianoche vuelve, tras El Intercambio (2008), a subrayar ciertos maniqueísmos narrativos pero esta vez se le perdona porqué está siendo realmente sincero consigo mismo.
7/10